martes, 10 de septiembre de 2013

Simple.

Entonces te llevaste las manos a la cabeza y tomaste con fuerza tu cerebro, apretándolo entre tus dedos. Lo levantaste en el aire para lanzarlo con ira, con asco, contra el piso. Aplastado por el impacto, quedó incrustado en el adoquín, cubierto de sangre. 

Recuerdo que te quedaste parado un momento, contemplando tu despojo y sin más, sin una palabra, sin una lagrima, te diste vuelta y saliste caminando en dirección a la avenida para mezclarte entre la gente.

No tuvieron que pasar más que unos segundos para que  alguien pase por al lado y lo patee sin querer. Moviéndolo unos centímetros, lo cubrió de tierra, e irremediablemente deforme, pegajoso y sucio quedó a merced de las palomas, cerca del agua podrida, acumulada frente al cordón. 

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