martes, 25 de agosto de 2015

Ego

Ego. Es la primera palabra que me sale pensar. Ego. Que delimita. Una vez más pienso sobre cual es el límite dentro del cual mi hacer o no hacer puede tener libre albedrío. Cuáles son mis jurisdicciones dentro y fuera de mí.

El animal y el lóbulo frontal debatiendo por la soberanía dentro de la misma biología. Qué se yo, como todo, se difumina, y si le sigo el hilo lógico de la cuestión hasta la más ínfima sutileza sólo terminaría en desarrollos vagos de ideas masticadas. Entonces voy a tratar de ser concreta. Hablo de la inconciencia más tangible. La involuntaria y evidente. Que responde al estímulo más primitivo. Llámese ánimo, personalidad, temperamento. Y uno termina pudiendo observarla como si le estuviera ocurriendo a la persona que está al lado. Tampoco voy a divagar y flagelarme buscando la terminología correspondiente que usaría, tal vez algún académico porque, en definitiva, además de que yo no lo soy, esas son de las maneras diferentes que he escuchado nombrar y sentir esto mismo que yo prefiero y me agrada llamar, ser.

En la contraparte está la que lleva al concreto la conciencia de su propia existencia. Me han dicho lóbulo frontal. Repito, sólo por evitar la pretensión de inflar las ideas con términos exactos no me voy a detener demasiado en esas sutilezas. Aun así siempre busco la claridad cuando me expreso. Entonces, regresando, me refería a la parte que planifica y se ata, sin preguntarse demasiado, a los fines y a los comienzos. Y retiene en la memoria de manera involuntaria todo hecho que espeje nuestra matriz. Por decirlo de alguna manera, el axioma desde el que comienza mí conciencia incorpora del contexto la imagen, hecho o lo que sea que complemente la construcción de mí propio ego.  Como en la evolución misma, por la supervivencia trasciende su propia debilidad con respecto a su entorno en pos de darse una existencia lo más óptima posible de acuerdo a sus posibilidades físicas y mentales.

A partir de ahí, los matices se me vuelven infinitos. Mi cerebro se viene programando desde mi primera pulsión de conciencia y viene recibiendo inevitables estímulos que no tengo posibilidad de elegir una gran parte de las veces. Se siente la contradicción física de la dimensión de mi inconsciente con respecto a lo que puedo controlar de mi misma. Que, dimensionado, se vuelve muy poco. Como una parte más de mi anatomía, pero demasiado abstracta para poder terminar de definirla.

Regreso a los clichés más mencionados y todos me hablan desde la realidad más secreta. Como si estuvieran riéndose en mi cara. De la bestia consciente de su naturaleza de bestia, que se programa y desprograma porque se niega. Porque comprende y empatiza el dolor en la contradicción misma que le dice que está negando su propio ser cuando no lo provoca.

Y la vieja hipocondríaca que necesita siempre algún tipo de emoción para sentirse viva está de nuevo debajo de mis ojos. Ansiosa hasta el extremo cuando no siente las cosas por las que había pensado que valía la pena seguir estando.

Si no empatizo con todas mis partes sólo llegaré al extremo.

La autodestrucción también puede ser divertida.


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