Ego. Es la primera palabra que me sale pensar. Ego. Que
delimita. Una vez más pienso sobre cual es el límite dentro del cual mi hacer o no
hacer puede tener libre albedrío. Cuáles son mis jurisdicciones dentro y fuera
de mí.
El animal y el lóbulo frontal debatiendo por la soberanía
dentro de la misma biología. Qué
se yo, como todo, se difumina, y si le sigo el hilo lógico de la cuestión hasta
la más ínfima sutileza sólo terminaría en desarrollos vagos de ideas
masticadas. Entonces voy a tratar de ser concreta. Hablo de la inconciencia
más tangible. La involuntaria y evidente. Que responde al estímulo más
primitivo. Llámese ánimo, personalidad, temperamento. Y uno termina pudiendo
observarla como si le estuviera ocurriendo a la persona que está al lado. Tampoco voy a divagar y flagelarme buscando
la terminología correspondiente que usaría, tal vez algún académico porque, en
definitiva, además de que yo no lo soy, esas son de las maneras diferentes
que he escuchado nombrar y sentir esto mismo que yo prefiero y me agrada llamar,
ser.
En la contraparte está la que lleva al concreto la
conciencia de su propia existencia. Me han dicho lóbulo frontal. Repito, sólo por evitar la pretensión de
inflar las ideas con términos exactos no me voy a detener demasiado en esas
sutilezas. Aun así siempre busco la claridad cuando me expreso. Entonces,
regresando, me refería a la parte que planifica y se ata, sin preguntarse
demasiado, a los fines y a los comienzos. Y retiene en la memoria de manera
involuntaria todo hecho que espeje nuestra matriz. Por decirlo de alguna
manera, el axioma desde el que comienza mí conciencia incorpora del contexto la
imagen, hecho o lo que sea que complemente la construcción de mí propio ego. Como en la evolución misma, por la
supervivencia trasciende su propia debilidad con respecto a su entorno en pos
de darse una existencia lo más óptima posible de acuerdo a sus posibilidades
físicas y mentales.
A partir de ahí, los
matices se me vuelven infinitos. Mi cerebro se viene programando desde mi
primera pulsión de conciencia y viene recibiendo inevitables estímulos que no
tengo posibilidad de elegir una gran parte de las veces. Se siente la
contradicción física de la dimensión de mi inconsciente con respecto a lo que
puedo controlar de mi misma. Que, dimensionado, se vuelve muy poco. Como una
parte más de mi anatomía, pero demasiado abstracta para poder terminar de
definirla.
Regreso a los clichés más mencionados y todos me hablan
desde la realidad más secreta. Como si estuvieran riéndose en mi cara. De la
bestia consciente de su naturaleza de bestia, que se programa y desprograma
porque se niega. Porque comprende y empatiza el dolor en la contradicción misma
que le dice que está negando su propio ser cuando no lo provoca.
Y la vieja
hipocondríaca que necesita siempre algún tipo de emoción para sentirse viva
está de nuevo debajo de mis ojos. Ansiosa hasta el extremo cuando no siente las
cosas por las que había pensado que valía la pena seguir estando.
Si no empatizo con
todas mis partes sólo llegaré al extremo.
La autodestrucción
también puede ser divertida.
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