miércoles, 16 de abril de 2014

Sobre los monos

Soy de las mujeres que no se quedan calladas si alguien me dice alguna cosa por la calle. No importa lo que digan, por más de que la situación se agrave y llegue al punto de irse completamente de mis manos. Es como provocar a un gorila, lo he visto, se les desenfoca la mirada y se salen de las casillas gritando cosas, “resentida”, “loca”, “malcojida”. Los he visto golpear paredes del tren, como si se les fuera la vida en contestar y reivindicar su hombría, treinta o cuarenta tipos golpeando chapas e insultando. Los he visto gritarme cerca de la cara y casi llegar al punto de querer golpearme. Como si el ego les doliera, como si les hubiera dado una trompada cuando no acepte el “piropo” y no me quede callada. Se sintieron ofendidos, porque les enseñaron que eran más fuertes y más poderosos. No entendieron porque su voluntad no podía doblegar la mía, como les contaron desde chicos. También lo he visto tan viejos como mi propio padre, me hablaron por lo bajo justo cuando pasaron cerca mío y me dejaron en la cabeza sus imágenes horribles. Como monstruos viejos y cansados, avergonzados de su mierda, hicieron como si no pasara nada y se fueron rápidamente sin enfrentarme.
He tenido que reunir paciencia y emprender muchas veces la cruzada de tener que explicar, adaptando mis palabras, porque por debo ser respetada y porque nadie tiene derecho a invadir el espacio personal de un extraño. Que no necesito la opinión de nadie para sentirme linda y que no quiero saber las preferencias sexuales de nadie que no sea de mi interés. Que eso es una forma de violencia.
 Soy camarera, ahora mismo, en el lugar donde trabajo, llevo dos semanas enteras conversando casi todos los días con la gente de la cocina para que no me chiflen o me digan cosas por lo bajo. Todos los días, apenas me doy vuelta para subir la escalera al salón, chiflan, y como serán más de quince personas trabajando allí, más el personal de delivery, es muy difícil para mí poder hacerles frente. Como los niños, una vez que se dieron cuenta de que me molesta, me lo hacen peor. Sólo que la broma es mirarme el orto cuando paso y chiflar para que yo lo sepa. Todos los días. Se lo dije al encargado y no se hizo cargo, me escucho y entendió pero lo único que hizo fue dar una charla corta diciendo que dejen de joder a la piba nueva sin demasiadas repercusiones. Mis otras dos compañeras que trabajan ahí hace mucho más tiempo que yo, se acostumbraron, no les gusta pero tampoco lo piensan tanto. Yo lo vivo como acoso, me digan lo que me digan. Que soy una histérica, que no me cojen bien, que estoy resentida, que soy complicada y mil estupideces más. Que lo único que hacen es hacerme sentir que no me respetan y me subestiman. Es increíble que pase, que mis propios compañeros no se hayan puesto a pensar ni por un segundo que mi disconformidad es una razón mayor que su necesidad primate de expresar su calentura.  A raíz de esto me estoy viendo prácticamente obligada a cambiar de trabajo. Aunque en el resto de los aspectos estaba bien. Con lo complicado que es conseguir un básico respetable y franco en fin de semana.
En fin, como muchas otras cuestiones se trata de ir educando a los monos, enseñando a empatizar y a disolver las diferencias que en algún momento nos dijeron que teníamos.  A los hombres y las mujeres de nuestro tiempo nos criaron de una determinada manera, “el hombre propone y la mujer dispone”. Respondiendo a la lógica perversa y machista de la sociedad de consumo.
Ya no va más, yo no soy un producto ni un objeto, soy un ser humano sensible, inteligente y perceptivo. Como todas las mujeres, como todos los hombres.

Sin respeto no se construye nada.

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