Soy de las mujeres que no se quedan calladas si alguien me
dice alguna cosa por la calle. No importa lo que digan, por más de que la
situación se agrave y llegue al punto de irse completamente de mis manos. Es
como provocar a un gorila, lo he visto, se les desenfoca la mirada y se salen
de las casillas gritando cosas, “resentida”, “loca”, “malcojida”. Los he visto
golpear paredes del tren, como si se les fuera la vida en
contestar y reivindicar su hombría, treinta o cuarenta tipos golpeando chapas e
insultando. Los he visto gritarme cerca de la cara y casi llegar al punto de
querer golpearme. Como si el ego les doliera, como si les hubiera dado una
trompada cuando no acepte el “piropo” y no me quede callada. Se sintieron
ofendidos, porque les enseñaron que eran más fuertes y más poderosos. No
entendieron porque su voluntad no podía doblegar la mía, como les contaron
desde chicos. También lo he visto tan viejos como mi propio padre, me hablaron
por lo bajo justo cuando pasaron cerca mío y me dejaron en la cabeza sus
imágenes horribles. Como monstruos viejos y cansados, avergonzados de su mierda,
hicieron como si no pasara nada y se fueron rápidamente sin enfrentarme.
He tenido que reunir paciencia y emprender muchas veces la
cruzada de tener que explicar, adaptando mis palabras, porque por debo ser
respetada y porque nadie tiene derecho a invadir el espacio personal de un
extraño. Que no necesito la opinión de nadie para sentirme linda y que no
quiero saber las preferencias sexuales de nadie que no sea de mi interés. Que
eso es una forma de violencia.
Soy camarera, ahora
mismo, en el lugar donde trabajo, llevo dos semanas enteras conversando casi
todos los días con la gente de la cocina para que no me chiflen o me digan
cosas por lo bajo. Todos los días, apenas me doy vuelta para subir la escalera
al salón, chiflan, y como serán más de quince personas trabajando allí, más el
personal de delivery, es muy difícil para mí poder hacerles frente. Como los
niños, una vez que se dieron cuenta de que me molesta, me lo hacen peor. Sólo
que la broma es mirarme el orto cuando paso y chiflar para que yo lo sepa.
Todos los días. Se lo dije al encargado y no se hizo cargo, me escucho y
entendió pero lo único que hizo fue dar una charla corta diciendo que dejen de
joder a la piba nueva sin demasiadas repercusiones. Mis otras dos compañeras
que trabajan ahí hace mucho más tiempo que yo, se acostumbraron, no les gusta
pero tampoco lo piensan tanto. Yo lo vivo como acoso, me digan lo que me digan.
Que soy una histérica, que no me cojen bien, que estoy resentida, que soy
complicada y mil estupideces más. Que lo único que hacen es hacerme sentir que
no me respetan y me subestiman. Es increíble que pase, que mis propios compañeros
no se hayan puesto a pensar ni por un segundo que mi disconformidad es una
razón mayor que su necesidad primate de expresar su calentura. A raíz de esto me estoy viendo prácticamente
obligada a cambiar de trabajo. Aunque en el resto de los aspectos estaba bien.
Con lo complicado que es conseguir un básico respetable y franco en fin de
semana.
En fin, como muchas otras cuestiones se trata de ir educando
a los monos, enseñando a empatizar y a disolver las diferencias que en algún
momento nos dijeron que teníamos. A los
hombres y las mujeres de nuestro tiempo nos criaron de una determinada manera, “el
hombre propone y la mujer dispone”. Respondiendo a la lógica perversa y machista
de la sociedad de consumo.
Ya no va más, yo no soy un producto ni un objeto, soy un ser
humano sensible, inteligente y perceptivo. Como todas las mujeres, como todos
los hombres.
Sin respeto no se construye nada.
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