La lectura es lo que le da forma es esta imagen. El
claro ejemplo de la volatilidad mental que inunda mi cerebro en este momento.
Es como si todos los discursos se hubieran puesto de acuerdo en querer hablar
hoy y al mismo tiempo. Mezclados, fusionados y profanados en su esencia.
Pareciera calculado, premeditado y no paro de buscar sinónimos, términos que
acuden dando color a lo que trato de explicar. Necesito completar conceptos con
otros porque no me parecen suficientes. Se podría escudar alegando que, esta
abundancia radica solamente en una cuestión de estilo y ritmo. Estilo, el gran
refugio de los discursos incomprendidos, la gran excusa a los reproches por esa
molesta pluralidad. Me aturde de tal manera que en cuanto trato de evitarlo,
desarrollando la idea con más precisión, no tiene más que volver a reincidir en
las partes posteriores, reapareciendo en el texto. Los vicios como este se
vuelven marcas personales, debería reparar en ellos con un poco más de
atención.
Sin ir más lejos que mis pensamientos de esta tarde,
el viento de lluvia ocasionó más problemas de los que pensaba. Este clima
ambiguo, primaveral en agosto, solo hace que mis meditaciones se vuelvan más
nostálgicas. El olor ocasional en el recorrido por las calles transporta a
otras dimensiones, otros tiempos y me encuentro recordando pedacitos de
realidad que ya nadie necesita, ni siquiera yo misma. ¡El viento, el viento
tiene la culpa!, cuanto mas potente se torna, mas olores viajan con el y mas revuelven mis pasados. Aunque es
probable que, si no tuviera tanto que recordar, ese viento sería una variable
mas mencionada en el conjunto de amigable sentir primaveral.
En general, la inspiración se presenta cuando el genio
acompaña. Me siento a escribir y ¿a que precio?, me pica, me pica, me pica el
puto animo. Me lo tuerce, me lo enrosca. Termino taciturna, pensando en
improbables. El eterno y estúpido padecimiento, los humos de romántico.
Un lugar con aire, una ventana abierta, mi puerta
abierta, un túnel con plantas y macetas que dan al exterior… El desvarío se
vuelve tal que olvido que, una forma tan abrupta de abordar el tema puede tener
consecuencias desafortunadas en el lector. Por ejemplo, no entender ni mierda
de lo que escribo.
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